Hoy siento que puedo recorrer todas las calles de Santiago, siendo un fantasma entre sus semáforos, descalza, ebria entre la multitud, con latidos palpitantes en el cemento, segundo a segundo vidas que se apagan, sensaciones que parpadean bajo el efecto de mi andar. Vagar, entre humos, palabras volátiles, carcajadas perdidas, ahogadas en una caja de vino bajo la mirada triste de los arboles de la Alameda.
Perdemos nuestro tiempo forzando sonrisas, forzando abrazos y palabras amables. Imitando como monos, creyéndonos superiores, mejores personas, compadeciéndonos de temas que apenas logramos entender, aguantando disfraces pesados, llevando máscaras falsas con orgullo.
Y se estremece Santiago, bajo tus ojos, con palabras entrecortadas, conversaciones poco claras, promesas rotas y olor a alcohol. Y es otro quiebre en medio de la noche, pero esta vez tiene sabor a soledad amarga mezclada con olor a tierra húmeda. La sensación de victoria ya no está. Quemamos etapas mientras encendemos cigarros, sentados en un paradero bajo el cielo nublado.
Santiago se rinde a nuestros pies, con una reverencia obligada, nos abre paso por calles cortadas, arterias intervenidas por nuestro egoísmo. Caminar frente a la Moneda, sintiéndola tan ajena; y de la mano la contemplamos pálida, a penas en pie, nos sentimos más fuertes, más fuertes que ella, porque en ese minuto -cuando los autos dejan de aullar- se forma un minuto de silencio, ciclo eterno de nuestras miradas reflejadas en las ventanas y sus ventanas en nuestros ojos.
Somos más fuertes, nos sentimos más fuertes porque en ese minuto no importa nada.
Y Santiago se congela, mientras escondemos palabras de manera disimulada dentro de nuestros bolsillos. Esperamos tocar fondo, porque luego de eso ya no queda nada más. Y aun así desafiamos la ley de gravedad, con la infinita esperanza de que algo nos va a mover, nos hará avanzar en una u otra dirección.
Nos congelamos nosotros, fuertes, únicos, piadosos; con la boca bien cerrada, las manos apretadas y los oídos sordos. Depravados, privados y cohibidos. Petrificados por el miedo de la noche que suplica un poco de honestidad.