Y la vi, frente a mi, con sus ojos lánguidos, su pelo liso amarrado, la nariz fina reflejando la luz del mediodía parecía estirarle la mirada hasta el infinito; su boca cerrada en un beso, con los labios medio fruncidos por el cansancio de llevar cadenas tan pesadas en sus tobillos.
Y podría decir que me enamoré, me enamoré como siempre y como nunca. Me enamoré como siempre, porque en el amor caigo fácil, me tropiezo constantemente en el sabor dulce de una mirada, de una sonrisa. Y me enamoré como nunca, porque sabía que ella era única dentro de esa multitud, porque sabía que un amor como ese no volvería a sentir.
Y cuando vi que la perdía, cuando la distancia entre su pecho y mi cuello se hacía cada vez más grande, decidí seguirla, aunque tuviese que arrastrarme, aunque en el viaje perdiese mis manos, aunque el viento fuese tan desgarrador como sus lamentos.
Y decidí seguirla, perseguirla, sin querer realmente encontrarla. Su mirada, sus pestañas me hacían dudar.. Porque tomarla del brazo y pedirle que se detuviera significaba entregarle mi corazón para que se quedara; o sino, ella simplemente se detendría por un minuto y, al ver que nada le ofrecía, ella hubiese continuado en su huida. Porque claro, ambas escapábamos, la diferencia es que ella corría mientras yo permanecía siempre en el mismo lugar.. Nunca he sabido de qué manera avanzar.
Estuve a sólo un segundo de distancia, pude haber estirado mi mano para alcanzarla. Y no fue mi miedo a entregarme lo que hizo que me detuviera; fue mi miedo a arruinar una vida inocente lo que mantuvo la distancia entre yo y ella.
Y así la dejé ir, con su andar desesperado, con sus labios fruncidos y sus ojos lánguidos, con sus pestañas eternas que nunca más me han dejado dormir tranquila, con sus manos etéreas, con su piel translúcida.. La dejé avanzar, le permití caminar sin obligarla a dar un paso atrás, sin pedirle que atara sus raíces a un desierto que jamas podría florecer.