No me pidas inocencia cuando has visto mi pecho descubierto mil veces, conoces bien los surcos que han dejado otros dedos, las huellas enmarcadas en mi piel pálida con las venas trasluciéndose como collar bajo mi cuello, mi sangre corriendo a través de ellas es el único accesorio que me puede adornar, porque en mi cuerpo no hay nada más puro, no hay nada más que se mantenga intacto a la maldad del amor.
Camino entre calles, recorridos sin principio ni fin, sorda a las palabras y a cualquier dirección que me intenten dar, no quiero saber con qué objetivo camino, sólo quiero dejarme llevar; me dejé guiar mucho tiempo por un lazarillo, que más que perro parecía cancerbero, malvado y peligroso ni siquiera me dejaba abrir los ojos para mirar.
Nuestras naturalezas no se parecen, si crecí distinta a ti, perdóname, aun así no quiero cambiar. El ritmo perfecto lo llevo en mis pasos, en mi andar y es el único que puedo seguir. Culpame de los que quieras, no voy a cambiar; deberás entender que el árbol torcido no se endereza y sólo cambia su curso cuando lo destroza un vendaval.
No me hables de amor, que mis percepciones son etéreas y se posan en uno u otro rostro con facilidad, no es la persona sino el momento en que un suspiro cruza sus labios y el encanto volátil se vuelve sólido entre sonrisas y miradas, ademanes de rituales carnales que son inevitables de negar, de rechazar. El amor, momentáneo y casual, es mi debilidad, mi gran vicio, y no lo abandonaré por tus caprichos.
Yo sólo avanzo, con los ojos bien abiertos y las piernas bien plantadas en el suelo, dispuesta a escapar, a correr en cualquier momento. Ya no estoy dispuesta a permanecer en el mismo lugar, mi estadía acá tiene fecha de vencimiento, caducidad, bailo con el viento, me entretengo, pero no voy a permanecer atada a un suspiro.. A menos que se vuelva tangible entre mis manos, en mis labios, durante el amanecer.. Sólo con magia podré ceder.
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