lunes, 4 de octubre de 2010

la vieja y el hilo

La viejita se despertó un jueves a las 2 de la mañana, con la boca seca y el alma salada. Se dio mil vueltas en su cama, enredándose con las sábanas y las frazadas, envuelta en la soledad de un jueves por la mañana. Entre tanta vuelta le dieron las 6 de la mañana, con los ojos bien abiertos, la boca seca y el alma salada.. No tenía qué hacer.

Se sentó en la cama, de manera brusca, y la poca sangre que le corría por las venas se le fue de un momento a otro a la cabeza. Los ojos se le pusieron rojos y los oídos se le taparon por culpa de la presión, por un minuto dejó de oír a los pajaritos que anunciaban un nuevo día.. La primavera había empezado hace poco y los sonidos y sabores de esta estación no hacían más que amargarla. No podía pensar en el florecer de un nuevo árbol cuando a ella se le habían desaparecido ya casi todas sus hojas.

Abrió la ventana que estaba al lado de su cama, corrió las cortinas y dejó que la luz y el frío entraran a su pieza. Olía a 6 de la mañana, la humedad, el olor a tierra mojada, la neblina que subía de a poco dejando gotas de rocío en el pasto medio muerto de su casa.. Era la hora del día que más odiaba, despertar otro día, sin haber muerto, sin dejarla descansar después de tantos años, ya no necesitaba un nuevo comienzo, otro amanecer. Así pasaba los días, detestando las mañanas, ansiando los atardeceres para ver si la muerte se la llevaba de una vez por todas, tirándola por los pies, arrastrándola fuera de su cama.

Abrió un cajón y sacó una polera vieja, apolillada y amarillenta con un estampado gastado de colores añejos. Sacó una cajita de latas, que alguna vez guardó galletas de vainilla, y de ahí una aguja media oxidada y un hilo de color café. Tomo una tira de papel y con ella le dio varias vueltas al dedo índice de la mano derecha para no clavarse con la aguja. Tomó la polera entre sus manos con arrugas que surcaban su piel y comenzó a coser.

Desde su juventud, coser había sido uno de sus pasatiempos favoritos porque, según ella, la dejaba pensar con más tranquilidad. Ahora era una tarea definitivamente más complicada ya que no veía bien y sus manos temblorosas habían perdido la agilidad que solían tener. Se acercó la polera a la cara, la olió, recordando cuánto había vivido con ella y siguió cosiendo.

De una manera u otra sentía que al coser remendaba los errores que había cometido durante su vida; no los podía borrar, obviamente, pero al menos iba parchando, tapando todo el daño que había dejado atrás. Las lágrimas comenzaron a correr solas, se le nublaron los ojos y, sin darse cuenta, atravesó la cinta de papel que le cubría el índice.. La sangre, al igual que las lágrimas, brotó profusamente a través del agujero que quedó en la tirita de papel.

Una mueca de dolor se le reflejó en la cara arrugada, pues se dio cuenta que por mucho que intentara reparar el daño que había causado, todas sus mentiras y sus engaños, no lo iba a lograr, ya era muy tarde. A esa edad ya no le quedaban fuerzas para arreglar, para poner en orden el caos que había provocado. Dejó la polera a un lado, se lamió el dedo ensangrentado y trató de volver a dormir, mirando hacia el techo blanco con las manos cruzadas en el pecho. Cerró los ojos y por fin descansó.

Trece días después la encontraron, a causa del olor de su cuerpo en descomposición. Estaba en su cama, con la ventana de la pieza abierta y en su pelo ceniciento el olor a mañana. Tenía sus manos cruzadas en el pecho y sus labios y su ojo derecho estaban cosidos con hilo café. El ojo izquierdo, sin embargo, quedó a medio coser, nunca pudo terminar de reparar todos sus errores, la muerte la tiró de los pies antes de que terminara y la obligó a morir con un ojo abierto en la hora de la mañana que más odiaba.

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