sábado, 21 de febrero de 2009

[ÉL]

Él tomó un cigarrillo entre sus dedos ajados por lo años. Mientras, miraba como los perros jugaban en el pasto.
Los recuerdos de cuando fue un niño alegre ya estaban prácticamente borrados de su cabeza. Con dificultad logró esbozar el rostro de los amigos con quienes jugaba horas y horas hasta que el sol se escondiera. Con más rabia que nostalgia apresuró sus pensamientos para pasar a otro tema menos complicado y más claro.
Rápidamente recorrió su larga vida en pocos minutos. Su primer regalo de navidad, su primer beso, su primer cigarro, su primer polvo -bien revolcado al lado de los caballos, agitados por la calentura- su primera esposa.. la segunda, tercera y cuarta también; su primer engaño -y todos los que le siguieron-, su primer auto, su casa, sus mascotas, sus hijos e hijas, sus nietos y nietas..
Y fácilmente pudo discernir cuáles eran los más importantes.
El primer cigarro no fue el más importante, pero sin duda el mejor. El temor de ser descubierto, el olor que lo perseguía incluso antes de encenderlo, el estómago apretado y la garganta jugosa de tanto pensar.. Mientras la luz del fuego encendiendo el cigarro hizo resplandecer sus ojos, imaginó por un minuto que este sería su compañero de la vida.
Al aspirar el cigarrillo por primera vez sintió como el humo le destrozaba la garganta ahora áspera. Fue como si hubiese tragado un puñado de arena de playa expuesta al sol durante todo el día. Ardiente, esclavizante, la tentación pecaminosa de principio a fin.
De a poco la sensación se volvió más agradable.. Miró al cielo, nublado, y la luna media escondida bailaba frente a sus ojos. Ese vaivén, producto del primer cigarrillo, fue la única experiencia de su vida que no pudo repetir
-Mierda!- Se le escapó de la boca ahumada. Mientras recordaba se había olvidado del cigarro encendido que recién le había quemado los labios. Tiró la colilla al suelo y la pisó con tristeza.
LLamó a una señorita sentada a unos metros de él que lo observaba con cara maliciosa, le mostró el contenido de su billetera y se encaminaron a un motel cercano.
En el camino, él pensó que toda su vida había sido un millón de horas malgastadas y prestadas. Por lo mismo creyó conveniente por última vez tomar prestado un poco de amor y luego una cama prestada para morir desde ese minuto y para siempre en paz.

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