miércoles, 2 de junio de 2010

el caminar

Es una procesión lenta y fría. Camina temprano en la mañana, la neblina se mezcla con el rocío, se le humedecen las manos, las gotas de agua le adornan los dedos, mientras sujeta entre ellos una corona de margaritas, los pétalos blancos, también húmedos, caen lacios, mustios, mirando hacia abajo el camino que va quedando atrás.

La procesión es lenta, en la fría mañana, no hay pasos para atrás. Ella avanza, descalza, con el vestido blanco rozando el suelo, el pasto fresco y la tierra triste. Los arboles la abrazan, la cobijan, la protegen de este frío invierno, tronchados, también lánguidos. Ya nadie tiene fuerza para mirar al cielo.

El caminar, el andar, es pesado, las piernas van ondeando, nadando entre la neblina. Todo es lento, angustiado, de miedo congelado. Las plantas de los pies van escribiendo en la tierra los lamentos de toda una vida, las huellas son nuestra sagrada escritura, la historia de nuestras vidas, de nuestras penas y nuestras risas, las lagrimas aguadas, las carcajadas abrasadas.

Fue suficiente un parpadear, el movimiento de sus pestañas eternas, para desatar un vendaval y una tormenta. Las nubes rugieron allá arriba, de cara a la tierra triste, y se desató la lluvia, el infierno de los desvalidos, y comenzó a caer el agua con siniestra copiosidad.

Su pelo naranjo, de fuego, se oscureció a un rojo brasas de infierno fruto de cerezo, mojado hasta las puntas, completamente se apagó. Una que otra flor de la corona se cayó, mientras el vestido se transparentaba, pegándose a su cuerpo maltratado por el amor y el cansancio. La neblina se comenzó a levantar, y ya le estaba devorando las rodillas, los muslos, hambrienta subía por su cuerpo. Nada más quedaba por hacer.

Apuró el paso, comenzó a correr desesperada. Los pies descalzos se le confundían en el barro, en algún momento, eventualmente, tendría que caer. Llegó a un claro, donde el pasto se acababa y después de un paso en falso comenzó a caer. El barro, con fauces de lobo hambriento, la trago desde los tobillos hasta la garganta. Trató de salvar la corona de margaritas, pero ya era inevitable. Los arboles estiraron sus ramas, intentando salvarla, pero no, hacer otro intento era sencillamente perder más fuerzas.

Ya dentro de la tierra triste, acostada y rodeada de escarabajitos y gusanos, cerró los ojos, por fin podría descansar luego de esta carrera. Sobre su vientre recostó la corona y en ella sus manos cruzadas en forma de paloma cansada. Estiro los pies, y con sus dedos apretó la tierra, por última vez. Una lágrima rodó y se coló en su oreja, la escuchó andar por su piel hasta que se esfumó y sus labios secos soltaron el último suspiro, el más desgarrador e impotente.. Era muy temprano para morir.

Días después de haber desaparecido, todos entendieron que el bosque la había convencido, la había engañado. Ya llevaba una semana escapándose de la muerte, corriendo desesperada en la ciudad, nadando en el mar y finalmente perdida con su caminar lento y pesado dentro del bosque. Ni los arboles, ni la neblina fueron capaces de esconderla. La muerte es inevitable, insolente e injusta, llega en el momento que quiere llegar, sin preguntarnos cuánto nos falta por bailar.

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