Afuera las jirafas verdes bailan, con sus manchas manchadas me gritan, quieren que me una a su movimiento frenético, cuerpos gigantes desdoblándose a la luz de la luna. Descubro entre sus patas que hay cráneos aplastados, huesos astillados, semicamuflados por el pasto y la tierra. La esfera del cielo es azul. Escarabajos rosados de lenguas viperinas, todos me llaman, me buscan, y yo trato de encerrarme dentro de mi locura, bendita cordura, que me obliga a oírlos dentro de mi país. El muerto tuerto canta, con un pandero en la mano, con una pata de palo, con el otro tobillo encadenado a esta fiesta espléndida de amor y pasión. Cuando las estrellas se estiren, tu podrás subir. Yo no pido permiso, no me quiero unir. Espero sentada en una cama junto a una estrella de mar gigante que succiona mi cara con sus ventosas, me pide rencor, me ruega porque quiere sentir dolor, pero me niego, se que una vez es suficiente para caer en su juego. Mientras, las jirafas se siguen torciendo, aplastando más los cráneos y astillando más los huesos de todas las personas que se metieron entre sus piernas eternas tratando de encontrar néctar, placenta de dios. Yo las miro, incrédula, sin entender que lo que ofrecen con dulzura es una simple trampa para morir de un orgasmo sin amor. La estrella de mar sigue a mi lado, espantando con un brazo a los escarabajos que se ríen de mí y mi porfía, que se ríen de ella y su soledad. Avergonzada me cubrí la cara, y con rabia lloré por ser tan cobarde. Cuando percibo que de a poco la risita de la multitud rosada se dispersa entre la tierra a causa de un temblor. Las jirafas se quedan quietas, y se convierten en animales de barro a la luz del sol. Entre ellas, aparece una estrella gigante, brillante, con cuatro manos y cuatro pies: un pulpo de luz. Me rodea, me abraza y me abrasa con su niebla helada y levanta uno de sus pies, apuntando al cielo. Miro hacia arriba y en un instante deja su pierna de luz caer, rozando mi cara, solidificando mis lágrimas.. En un instante, y con la fuerza de una ola, las ventosas de la estrella de mar se despegan de mi cara y veo que su brazo se va desvaneciendo, muriendo, tras la luz. De la piel cortada, sangrantes salen las burbujas, reverberante su llanto, sonido ensordecedor. Mi culpa empieza a moverse dentro de mi corazón, y sus raíces se expanden a través de mis músculos, perforando mis pulmones, saliendo por mi boca y por mis manos. Verde es el color del amor. Y me convertí en árbol, anclado a esta locura y frenesí. Las jirafas, luego del impacto, se destiñeron, y su color comenzó a oler a gris pálido entremedio de sus manchas; los escarabajitos rosados crecieron robustos dentro de la tierra gracias a las burbujas sangrantes de mi estrella de mar, y ahora lucen orgullosos un par de ventosas a modo de ojos de limón y sal. El cielo se tragó al pulpo de luz, lo succionó a través de un vendaval y arrasó con todos los edificios que crecían a nuestro lado. El baile sigue, el humo, las humitas y la humedad crecen como maiz en un campo de sal, nada ha cambiado, ni siquiera la paciencia de esta soledad silente que me ancló a un lugar en el que nunca quise estar.
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