sábado, 2 de julio de 2011

sangre

Cuando lo encontramos, no supimos que hacer con él.. Era un fruto exótico, sangrante, vivo.. Lo tomamos, lo abrigamos en nuestras manos y pensamos en comerlo..

La simple idea de su sabor en nuestra boca, desgarrando su carne fresca con nuestros colmillos, nos extasiaba; pero antes decidimos examinarlo.. Lo servimos en bandeja de plata y, con nuestros cuchillos más finos, lo abrimos.

Lo diseccionamos con placer, descubriendo cada vaso sanguíneo que recorría su piel.. Cada deslizar de nuestros cuchillos, ejerciendo nuestra fuerza inhumana en contra de su delgada piel, era desatar un río furioso, un abundante caudal del color de la sangría, con aromas volátiles, adictivos.

Su esencia colapsó nuestros sentidos y arrasó con nuestra conciencia..

Nuestro instinto se volvió incontrolable. Abrimos nuestras bocas y con ansías lo agarramos con nuestras manos, enterramos nuestras uñas en su piel, y lo empujamos contra nuestras lenguas, lo enclaustramos entre nuestros dientes, lo devoramos sin compasión, sin arrepentimientos..

Lo único que quedaba como huella de su existencia eran tres gotas de sangre en la bandeja de plata, que no dudamos en lamer. Cuando el bocado se había perdido dentro de nuestros cuerpos, buscamos los últimos rastros de su sabor en los cuchillos, en nuestros dedos, entre nuestras uñas y, cuando su ausencia fue más densa que el aire, bajamos las miradas y nos recostamos en la mesa..

Apoyé la frente en mi antebrazo, estaba congelándome. Sin poder evitarlo un par de lágrimas cayeron en mi mano, las vi evaporarse, y el vaho, junto con mi vergüenza, se perdió en la oscuridad de la pieza. Mi último suspiro, el último aliento, lo guardé dentro de mi pecho, deshaciendo mis entrañas para evitar ser devorada..

Finalmente, el terror me abandonó.

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