Me dijo, con sus ojos verdes y raros, si podíamos hablar.
Le dije que sí, a la hora que él quisiera.
Me sonrió. Me dijo que siempre.
Le sonreí. Le dije que me parecía bien.
Miró hacia abajo. Juró que todo se reducía a una mentira.
Cerré los ojos y le quise creer.
Me tomó las manos y volvió a jurar.
Pensé que era en vano su juramento. Aún así le creí.
Me miró con sus ojos verdes, tan verdes como siempre y me dijo gracias.
Le dije que él era todo lo que tenía, por lo tanto lo único que me quedaba para creer.
Me dijo que no me equivocaba.
Lo miré. Le dije que sólo el tiempo lo diría.
Prendió el típico cigarro, me miró y yo le sonreí. Todo se veía más fácil.
Ahora le creí.
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