martes, 29 de diciembre de 2009

sábado /207/

Iba en la micro, escuchando música, cuando sentí un olor extraño. Era olor a muerte y la música en mis oídos retumbaba fuerte. Primero pensé que eran las viejitas gordas que estaban cerca mío, que seguramente no les quedaba mucho tiempo por vivir. Y a pesar de todo lo viejas que eran, andaban cargadas como mulas. Llevaban dos bolsos -demasiado grandes para ellas- y además una mochila -bien fea por cierto-. Pero la micro paró y las viejitas se bajaron sólo con un bolso..

Y el olor a muerte permanecía ahí. Miré con curiosidad, buscando al dueño o dueña del bolso, pero nada. Nadie tenía cara de "me gusta andar con bolsos grandes". Primero pensé que podía ser una bomba -demasiada tele- y si era así, me explotaría en la cara, y lo más probable era que muriera. Y el olor a muerte seguía. Incluso estuvo presente cuando me encontré con los ojos de Felipe y no pude evitar la sonrisa.

La micro siguió, un día sábado, en la tarde, luego de trabajar, luego de rogar por un descanso. Un grito, un reclamo, una voz chillona gritándole al chofer para que abriera la puerta. Y el chofer no abría. La señora rubia a la fuerza con cara de enojada y yo no me aguantaba la risa. Felipe me miró raro y yo pensé "este weón me va a pegar". La blondie se bajó y yo paré de reír. El sol me pegaba en los ojos y me hacía ver todo rojo, pero ni así pestañeaba, continuaba con mi vista fija en el espacio infinito.

Felipe se volteó hacia mí, riéndose, y a penas se le notaban los ojos. Su risa me causó risa, sin saber hasta luego de un rato que me reía porque él se reía porque a un niño se le había quedado atrapado un brazo entre los fierros de la micro. A veces pensé que era malo, porque se reía del niño, pero yo igual me seguía riendo porque verlo reír me hacía reír.

Continuamos el recorrido, y el olor a muerte continuaba en mi nariz igual que el bolso en su lugar. El olor resultaba tan pesado que podía sentir mi cerebro procesando el olor y advirtiéndome que se venían problemas. La muerte, la muerte. Pensaba que cuando llegara a mi casa –si es que no me moría antes- hasta mi perra se iba a asustar y que iba a salir corriendo lejos de mí. Me sentía pesada, portadora de malas noticias, sucia, así como cuando mientes.

Llegamos al final camino y le pedí a Felipe que me ayudara a sacar el bolso, ni siquiera me preocupé que fuera de alguien que aún estaba en la micro. Felipe lo tomó y bajamos los dos.

Abajo él me dijo si sentía un olor a podrido en la micro. Yo le dije que sí, que era olor a muerte. Él me preguntó que cómo sabía que era olor a muerte, si la muerte no tiene olor. Así nomás, le dije yo, sé porque lo siento. Yo creo que es algo que se está pudriendo, no es la muerte, dijo él.

Abrimos el bolso, un sábado en la noche, y luego de tantos desacuerdos a lo largo de toda nuestra relación, por fin ambos tuvimos la razón, lo que estaba adentro era un muerto.. En proceso de descomposición.

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