Se comía los dedos con ganas.
Mientras el pelo le caía sobre los ojos.
Hace días que no veía el sol.
Tampoco pretendía verlo.
Ni siquiera se irguió cuando escuchó ruidos.
Y fue muy tarde cuando ya estaba muerto.
Él buscaba desesperadamente en los cajones algo con que cortarse. El dolor, la angustia lo ahogaba y no sabía cómo recuperar el aire. Algo, algo. Y no había nada. Golpeó la pared con fuerza, pero ni así logró detener su sufrimiento. Tomó una silla, la dio vuelta y dejó caer su rostro en una pata. La piel de la frente se abrió y comenzó a correr la sangre. Aún así no era suficiente. Ya nada era suficiente.
Sangrando, se sentó en una esquina de la pieza y se metió los dedos a la boca. Los lamió, los mordió y las lágrimas brotaron solas. Mordidas más fuertes, lograba alejar de su mente la angustia. La piel le pesaba, le apretaba el resto del cuerpo, cada vez se hacía más ajustada y su mente tenía que explotar. Se arrancó la mitad de una uña.
Vió la sangre en sus manos, en el suelo, la saboreó en sus labios, pero no era suficiente. El pelo se le había desteñido de tanto llorar. Ahora lo tenía blanco. Y le caía por sobre la frente sangrante y los ojos negros. Le molestaba, pero más le molestaba el hecho de correrlo y lo dejó ahí. Siguió mordiendose, siguió sangrando, siguió llorando sin querer.
Las cuencas de los ojos las tenía llenas de agua, a punto de explotar. Los ojos los sentía presionados, aplastados, acostumbrados a la oscuridad. Hace varios días que no salía de la casa, y deambulaba desnudo, lamentándose, por aquí y por allá. Hacía varios días que no veía el sol y tampoco le preocupaba. En realidad nunca lo vio; para qué hacer el intento ahora, cuando ya estaba medio muerto.
Se oyeron unos ruidos afuera de la pieza y vio dos o tres sombras atravesarse por el umbral. Logró sacarse otra uña y esta vez sangró mucho más. No se levantó para ver qué era el ruido que se oía. Siguió sentado, lamiéndose, mordiéndose. Estaba sintiendo la paz, el aire tibio de un respiro de alivio, por fin pudo suspirar cuando ya era demasiado tarde.
Se levantó para defenderse de las sombras que siempre lo seguían, cuando cayó frente al espejo con los ojos abiertos y azotó la cabeza desangranda en el suelo. Los ojos negros le brillaron a último minuto y el pelo blanco se corrió de su cara por primera vez. Pudo verse muerto, sin uñas, con las costillas descubiertas, desgarrado por la piel que lo ahogaba, por las sombras que siempre lo siguieron, por las sombras que se dejó consumir.
Aún así nunca sería suficiente
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