martes, 29 de diciembre de 2009

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Le quitaron la chaqueta de cuero y las zapatillas que había comprado con su último sueldo. Eso lo guardaron para después venderlo. El resto de la ropa se la sacaron a tirones y todo se volvió jirones de género.

Desnudo lo hicieron caminar por un callejón oscuro, lleno de gente que lo escupía, lo meaba o le tiraba mierda. La idea era que lo torturaran. Lo golpearon, le tiraron piedras y lo primero que llegara a las manos de la gente que ahí estaba.

Los celulares sonaban, todos llamaban para que los demás llegaran a ver el espectáculo de medianoche.

Lo hicieron caminar más de cinco horas, entre escupos, vómitos e insultos. Todos reían a carcajadas, frenéticos, disfrutando poseídos por el circo de sangre y maldiciones.

Dos hombres lo tomaron, uno de cada brazo, y lo arrastraron hasta el terreno de una casa en ruinas, la más grande de la ciudad hasta que un incendio la disolvió en cenizas junto con todos sus recuerdos.

Ahí lo dejaron un rato, tirado en la tierra negra. Le dieron un vaso de agua y un pedazo de pan duro. Mujer se acercó a limpiarlo, sabiendo que no serviría de mucho su ayuda. Que no se detendrían hasta matarlo.

Ella le limpió el rostro con un poco de agua, los labios rotos y secos, la boca sangrando por la pérdida de unos dientes; los brazos, la espalda. Los mismos dos hombres se acercaron a ella y uno la tiró del pelo. Ella alcanzó a besarlo a él y luego se la llevaron.

Él se desmayó del dolor, del asco, de la pena. Cuando despertó, se enderezó y logró mirar hacia atrás. A la mujer que lo había limpiado la estaban violando. Él lloró de dolor, de asco, de pena.

Y el llanto no le duró mucho. Cuando la gente se percató que aún vivía lo comenzaron a insultar nuevamente. Esta vez fueron las mujeres quienes se acercaron y lo obligaron a levantarse. Lo azotaron hasta el cansancio y con un fierro le quebraron una pierna. Las risas aumentaron, el júbilo, el entusiasmo. Cada vez se volvía más interesante. Cada vez se volvía más grotesco.

El animo de ellos no descendía y alguien por ahí gritó “Que coma mierda!”. Y mierda lo hicieron comer. Vomitó tres veces y las tres veces lo hicieron comer mierda y su vómito también.

Al amanecer alguien llegó con un palo. Otra persona consiguió una cuerda. Dejaron el madero en el suelo, a él lo pusieron encima y lo ataron de las muñecas con una cuerda. Tomaron unas hojas de diario y las doblaron hasta crearle una corona. La adornaron con ramas y sobre ellas unos cuantos gusanos.

Se subieron y lo lograron colgar a un poste de luz. Ahí quedó y la gente comenzó a aburrirse. Algunos se fueron a sus casas y unos pocos esperaron hasta poco antes del mediodía.

Él murió solo, colgando del poste. Sin una palabra de consuelo o alguna lágrima de tristeza. Murió ahí, desnudo, bajo el sol de verano y una corona de gusanos.

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