Cabeza rapada. Bototos a media canilla, cordones blancos. Una casaca negra. Pantalones apretados. Ceño fruncido y una mueca en los labios. Caminaba rápido. Venía con una bolsa negra en la mano. En la oreja izquierda tenía una expansión de 8mm. Dentro de la cabeza albergaba ideologías que lo volvían cada día más homofóbico, xenofóbico y menos tolerante.
En la cuadra siguiente estaba parada, con las patas abiertas, María. El pelo y los labios rojos, los ojos viejos pintados con delineador verde, en exceso. El vestidito que llevaba dejaba poco a la imaginación de los otros y dentro de su imaginación ni se le habría ocurrido lo que le esperaba.
Él, por su parte, seguía caminando rápido, hasta que vio al maricón gritando como loca en la esquina, afuera del motel. No lo pensó ni un segundo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, lo pateó hasta que se cansó.
A María no le quedó tiempo ni para gritar. De un golpe con la mano abierta le corrió todo su ceremonioso maquillaje. Le arrancó los aritos bañados en oro, el vestidito de princesa barata, la cartera preferida –porque tenía el tamaño preciso para lo necesario: condones, maquillaje, lubricantes y la llave de la pieza que arrendaba-.
Él la pateó tanto que hizo que corriera el doble de sangre que María tenía en las venas, nadie sabe cómo. La dejó sin aliento en el piso, temblando y apenas llorando, porque hasta eso le dolía. Cuando María terminó de morir, él le tiró unas uvas podridas sobre el cuerpo. -Que este es el banquete del reino de dios- dijo para sí y siguió caminando con la bolsa vacía.
Días después, en el diario aparecieron las fotos de María con el alcalde. Al alcalde se le acabó la carrera política, pero a María no le valió ni un peso su sacrificio. Otro hombre tomó el lugar de alcalde y durante mucho tiempo los hombres de la ciudad anduvieron buscando a una puta que follara y gritara sólo como María lo hacía.
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