Tenía las pestañas largas, como dos alas que se ciernen sobre el sol marchito de una mañana de verano. En la mano llevaba un ramo de rosas rojas, que seguramente las había encontrado olvidadas en algún baúl de su alegre juventud.
Iba vestido de negro y bajo sus orejas tenía tatuados dos halcones rosados. Caminaba sin rumbo, directo a su muerte. Dentro del corazón de cristal le podías leer la esperanza alicaída que aprendió a dejar dormir luego de tanto esperar, junto con los mil y un amores que había aprendido a olvidar manteniéndolos vivos a través del odio.
Lo amé tanto que en un momento de mi vida fui capaz de entregar mis manos por él. Cuando lo vi caminando, apretando con rabia las rosas que nunca me entregó, al fin pude entender que él me amó de la misma manera. Sin embargo nuestro amor no pudo ser, nunca pudo ser.
Lo conocí un día, entre sueños descansados de la risa ebria que me invadía todas las malditas tardes, con razón de evitar el hastío que me provocaba la soledad del invierno. Lo conocí y aún no tenía tatuados los halcones. Él me conoció y yo aún tenía mis manos.
Nuestro amor fue tan funesto como mi nombre y el suyo juntos. Nuestro amor fue tan imposible que en realidad nunca nos llegamos a conocer.. Y es que él fue caminando mientras yo me quedé sentada. Así yo lo dejé avanzar y él me dejó atrás, a pesar de los esfuerzos que el destino hizo para que nos encontráramos.
Lo pensaba, lo imaginaba, lo soñaba e idealizaba; mirando las estrellas. De la misma manera él me conoció a mí. Y un día, por una apuesta que hice cuando el alcohol nublaba mi visión, le juré amor eterno y la gente que me rodeaba todo lo dudó. Así entregué mis manos por el hombre que toda mi vida amé y que jamás pude conocer mientras vivía.
Cuando la sangre corrió por mis brazos al fin me sentí en paz. Todos me creían. Y yo no quería seguir viviendo un día más sin él. Lo busqué, hasta que mis pies no pudieron caminar ni mis piernas sostener el escuálido peso de mi alma y mi cuerpo.
Entonces lo veo caminar ahora, ya muerta, y lo veo sin rumbo.. El destino me parece a veces más obstinado que yo y no me cabe duda que me persiguió hasta después de muerta para cumplir con su fin. Y finalmente puedo abrir los brazos y embriagarme con su olor pútrido y el ramo de rosas que coronó nuestro amor y coronará su último paso sobre la tierra.
En mis brazos parece arena y se cuela por mis poros mientras veo en sus ojos el último hálito de vida. Me susurra al oído que los halcones rosados son mis manos, que le dieron fuerzas para caminar sin rumbo hasta encontrarme. Que guardó las rosas y se mantuvieron vivas gracias al destino, cómplice de su locura y nuestro amor.
Y ahora, recién ahora, logro entender que mi vida nunca tuvo sentido hasta que lo logré tener junto a mí.
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