Amarrada a una cama con branulas interrumpiéndole la piel, ahora lloraba dormida, cuando en un momento de su vida le causo placer. Luego de 8 meses en coma, todas las perforaciones estaban cerradas y las cicatrices ya casi invisibles.
Se había tratado de ahorcar y de cortar las venas y nunca se le pasó por la mente que estar muerta en vida sería mucho peor que vivir.
Francisco entró por primera vez a la pieza y se enfrentó a ella, pálida, pétrea, putrefacta de tanto esperar la muerte sin resultados.
Ella no lo podía ver, obviamente, pero podía sentir su respiración pegada al cuello y las lágrimas de él recorriéndole la cara. Tan sólo si lo pudiera ver..
Cuando él se alejó, ella sintió que una parte de la poca vida que le quedaba se iba con él, confundida con su aroma a miel y la sonrisa a veces tan esquiva.
Y cuando los recuerdos comenzaron a inundarle la mente y la nostalgia se apoderó de sus manos inertes, fue la primera vez que se sintió tan impotente y malditamente prisionera de las sábanas blancas.
Y de recuerdos de aromas, colores, sabores, sensaciones y sentimientos no podría ni siquiera sobrevivir. Y en ese minuto por fin sintió la muerte comenzando a escalar lentamente desde sus pies y por sus piernas, con un cosquilleo tibio e incesante.
Sintió miedo, se aterrorizó, después de tanto anhelar ese momento sentía que se deshacía en ansiedad.. Nunca pensó en una muerte lenta.
De pronto, frente a ella, un par de ojos verdes. Confundida, luego reconoció los ojos de Francisco. La muerte iba por sus caderas cuando sintió un beso en la boca, una lágrima al fin humedeció sus ojos y su respiración paró.
La muerte no iba por ninguna parte de su cuerpo, la muerte la llevaba Francisco pegada en las manos,
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