martes, 29 de diciembre de 2009

nada /2007/

Cambió la página del libro. Ya le estaba perdiendo el gusto al arte. Hace tiempo que no dibujaba algo que la dejara feliz y la hiciera sentir orgullosa de su trabajo. Hace tiempo que no podía expresar sus sentiemientos.

Se arregló un mechón rubio, que había caído frente a sus ojos. Lo curioso fue que, en vez de lograr dejarlo en su lugar, el pelo se le quedó entre los dedos. Eran 176 hilos dorados, perdidos entre sus manos y desparramados en la cama. Se levantó y se miró al espejo, enredó sus dedos en el pelo, que se caía cual hoja de un árbol en otoño.

Pasaron 10 minutos y fue suficiente para quedar totalmente calva. Cayó al suelo, de rodillas, llorando, porque se sentía desgraciada, porque sentía que nuevamente la vida le jugaba una mala pasada. Lloró ahí, hasta que oscureció y la luz no le permitó ver más su reflejo. Cerró los ojos y siguió llorando en silencio.

Pasaron horas, pasaron días, hasta que por fin tuvo la fuerza para levantarse del suelo. Apoyo ambas manos en el cemento frío, pegando las palmas completamente, cargando todo su peso en los brazos de niña infeliz. Se incorporó lentamente, sin perder ni un minuto de su respiración, ni un parpadeo de sus ojos secos, recuperando de a poco su altura.

Llegó arriba, olió el cielo (o lo más cerca que estaría de él), e inhaló profundo el aire de alla arriba. Miró a su alrededor y comprendió que su camino debía seguir. Cuando volteó, sobre la cama aún estaba el libro de arte. Rebuscó entre los cajones algo de los óleos con los que pintaba. Tomó el verde y el café y volvió a sentarse en el suelo, frente al espejo.

Con un pincel untó los colores y los dejó recorrer su cráneo. Se deslizaron como el agua que corría en la ventana atrás de ella. Se resbalaron y volvieron a subir, una y otra vez, hasta que terminó la pintura más hermosa que había podido dibujar en su vida jamás.

Se miró al espejo, con nostalgia y orgullo. Por fin salía de la oscuridad que tanto tiempo había permitido que se llevara la alegría de su vida. Al fin lograba sentir esa vida dentro de ella nuevamente, el amor por lo que hacía, el amor simplemente porque vivía.

Se recostó en la cama, con una sonrisa dulce en los labios y sus pinceles en la mano, cerca del corazón. Logró dormir, después de mucho tiempo. Soñó con su nueva vida, con su nueva manera de ver las cosas, con su nueva manera de verse ella misma.

La mañana estaba radiante. El solo brillaba afuera y se respiraba en el aire el olor a día domingo -porque los días domingo tienen olor, quién dice que no?-. Se levantó de la cama y lo primero que hizo fue mirarse al espejo. Miró sus manos pálidas, sus ojos translúcidos, su sonrisa de vida nueva y el pelo rubio descansando sobre sus hombros.

Se asombró un poco, y hasta el día de hoy no puede definir si en ese momento sintió felicidad o desilusión. Su vida seguiría tal cual y todas las angustias por perder su pelo en realidad fueron nada.. Más que un sueño.

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