El rocío se le entrelazaba en los dedos de los pies y le llegaba casi hasta las rodillas. Sentía la humedad entrándole por la piel y sonreía bajo el pálido sol de la mañana.
En la casa, nadie sabía que ni siquiera había dormido esperando el amanecer, nadie sabía que se había escapado por la puerta del patio. Un verano en el campo era el sueño del que jamás quería despertar.
Corrió entre unos escuálidos árboles de hojas amarillas y verdes. Tocó con sus manitos cada tronco y a cada piedra con una forma especial le regaló un beso -y a esa edad todas las piedras significan algo- por lo que regaló más besos de lo que pestañeó esa mañana.
Pensaba que todo le hablaba. El viento la empujaba a correr más y más rápido y creía que era un pájaro de alas desplumadas que se elevaba hasta llegar al lado de dios.
Ya era demasiado tarde para preocuparse por el vestido blanco que la abuela le regaló algún día. Las flores del género estaban pintadas con barro y a cada una la regó con gotas de rocío de hace unas horas atrás.
Corrió y corrió hasta que el corazón no le dio para más. Se sentó al lado de una piedra, esperando que las abejas que revoloteaban a su alrededor le llevaran algo de miel y así recuperar la energía que le faltaba para continuar su camino hasta el fin del mundo.
Un arcoiris se le cruzó por los ojos y pensó en que sería la manera más rápida para llegar pronto al fin de su viaje -es que eran tantas cosas las que esperaba descubrir!- y se subió a un árbol para ver dónde estaba la entrada de este puente de luz.
Tiró las ramas y por cada vez pidió el doble de disculpas. Cuando estuvo ya arriba se cayó y pensó que las disculpas no habían sido suficientes. Se enderezó del suelo, con el pelo oscuro todo con olor a pasto y tierra. Limpió sus rodillas y el vestido, más sucio que limpio, lo estiró con las manos y lo terminó de embarrar.
Se miró todo lo que alcanzaba a ver de su cuerpo con los ojitos de almendra y descubrió con gran alarme que en la muñeca izquierda la ramita seca de un árbol le había atravesado las venas de niña. Una pulsera de sangre se extendió por su mano y comenzó a manchar el pasto.
El miedo a lo desconocido y la angustia del dolor le dijeron que era mejor sentarse ahí a esperar. Ella, con más calma, se tendió en la hierba húmeda y miró al sol caminar en el cielo celeste. Vio pájaros danzar y escucho a los escarabajos bajo tierra cantar. Los ojos le pesaban y pensó que si quizá dormía un poco todo estaría en orden al despertar.
Mientras su sueño avanzaba con las horas del día, se vio subiendo el arcoiris que había tratado de atrapar. Se vio con su vestidito de muñeca blanco, ahora seco y sin barro. Se vio deslizándose por el haz de luz multicolor hasta que se hundió en la oscuridad total.
Ese mismo día la madre se despertó demasiado tarde y el padre se había levantado mucho antes para salir a cazar.
Los perros de caza olfatearon carne fresca y grande fue la sorpresa de los padres cuando los perros llegaron a la casa con la cabeza de su hija para cenar.
martes, 29 de diciembre de 2009
el paseo de la niña en una mañana de verano /2007/
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