Salió a la calle y miró hacia arriba. El cielo le dio vueltas una, dos y tres veces. Solos se le cerraron los ojos y demasiado lejos estaba ya cuando su cuerpo cayó al suelo y su frente rebotó en el cemento frío de Agosto.
Black out. (Inconsciente)
Caminó con los pies en la arena húmeda. Miró la infinidad finita del mar. -Nada es para siempre- se repitió. Y qué bien lo sabía. Siguió caminando. Su piel rozó el agua tibia y todo el mar se congeló. Abrió incoloros sus ojos de vidrio pensando que todo el poder que sentía tan vivo dentro de sí por fin se había materializado.
Esbozó una extraña sonrisa y se acostó en el hielo hasta que pensó que así podría morir congelada. -Podría haber muerto en cualquier minuto, menos después de esto-. Se levantó rápido y tan pronto como estuvo de pie el agua le inundó el cuerpo pálido. Llegó hasta el fondo del mar y un segundo después estaba a salvo en la arena.
No lo podía creer. Era tan raro sentirse sin control sobre todo..
Trató de gritar, con los brazos abiertos y tocando todo el aire con sus dedos rosados. Ni una palabra. En cambio, poco antes de juntar los labios, de la boca se le escapó un escarabajo de alas rosadas.
El escarabajo le danzó alrededor de la cabeza mil veces, cantando; mientras ella, con sus ojos de vidrio lo miraba sin pestañear. Y el sol y la luna intercambiaron lugares haciendo el amor, incansables; mientras ella lo miraba y él, danzando, metamorfoseaba. Le nacieron brazos, le crecieron piernas y el pelo era un río insolente y dorado, unos ojos amarillos de gato meloso y una astucia con labios de miel roja, más bendita de lo que se podría imaginar.
Le danzó así toda la vida en un segundo, desde que nació hasta que murió entre un abrir y cerrar de sus ojos de vidrio, malditamente fríos.
Danzó, danzó, danzó el ya-no-escarabajo, hasta que su efervescencia logró opacar todo el implacable poder de la otra. Le tomó las manos rosadas y la guió por la arena de hijas mellizas hasta que la humedad estuvo seca y los granos se volvieron una superficie de madera.
Todo cambió. Ya el sol y la luna no se amaban. Ya no estaba el baile frenético de los ojitos melosos. Ya no estaba la infinidad del mar finito. -Nada es para siempre- se repitió.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
sin título V /2007/
Las manitos del ser recíen nacido la llevaron hasta el baño de lo que ahora era su casa. Las manitos vírgenes depositaron un bisturí tibio y oxidado entre sus manos de látex. Y fue cuestión de segundos que se mirara al espejo, le lloraran las manos llenas de sangre fuera de sus venas (cual estampida furiosa contra ti) y que el espectro (un tercio animal, uno humano y el otro divino) de pelo dorado desapareciera.
Casi inconsciente, luego de haber perdido tanta sangre, se dirigió a la puerta para salir a la calle. La abrió. Hacía frío. Miró hacia arriba y el cielo le dio vueltas una, dos y tres veces. Cuando se le cerraron los ojos ya era demasiado tarde para preocuparse del cuerpo cayendo al suelo y la frente rebotando en el cemento frío de Agosto.
Black out. (Inconsciente)
Era demasiado tarde, para preocuparse de un escarabajo de alas rosadas comiéndole los ojos, dejándole las cuencas vacías, más vacías de lo que parecían cuando aún estaba viva.
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