martes, 29 de diciembre de 2009

rosario /2007/

Estaba sentado, con un rosario entre las manos, mirando a través de un vidrio cómo el tiempo iba cambiando todo allá afuera. Y las hojas de los álamos a veces se movían y la gente que ahí estaba al otro segundo no estaba más.

Afuera el sol bailaba, escondiéndose y reapareciendo tras los edificios, y mientras miraba hacia fuera, también veía en el vidrio lo que ocurría a sus espaldas.

El viento se detuvo y el sol dejó de brillar con fuerza. De pronto se encontró con unos ojos tristes, sin expresión, lánguidos luego de haber llorado, vio un rostro ajado por las tristezas de la vida, con surcos que le enmarcaban la boca, con arrugas encerrándole los ojos.

Dejó de mirar. Casi se le cae el rosario. Eduardo sabía que ni siquiera rezando un millón de ave marías lograría librarse de todas sus culpas. Afirmó el rosario y siguió rezando, suplicando por la salvación de su alma, rogando por un poco de paz.

Le faltaba poco para morir. Lo sabía. Y el olor a hospital sólo lo enfermaba más y más. Volvió a mirar el vidrio y se encontró nuevamente con el hombre de ojos tristes mirándolo, ahora lloraba. Eduardo le habló, le preguntó cómo estaba, y le pidió disculpas, por todo. La paz llegó a su cuerpo y en un segundo el tiempo terminó de quemar su vida.

15 minutos después pasó una enfermera y vio a Eduardo sentado frente a la ventana. Cuando se acercó ya no quedaba mucho por hacer. Recogió el rosario del suelo y lo puso entre las manos inertes. Y la mujercita no hizo nada más que cerrar los ojos de Eduardo y el reflejo de ojos tristes desapareció.

La tarde siguiente, en el funeral, nadie supo dónde había quedado el rosario. Su hija lo buscó por cielo, mar y tierra, pero nadie lo encontró. A ella no le quedó más remedio que tatuarse una cruz en la pierna izquierda, que para muchos era invertida, pero ella sabía bien que no era así, que la cruz de su padre la miraba a ella.

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