miércoles, 16 de diciembre de 2009

sin título III /2007/

El sol lo tenía clavado sobre su cabeza. Hacía tanto calor que los ojos le lloraban. Caminó rápido, el calor la angustiaba y lo único que quería era llegar a Santa Elena 3544.

Llegó. Una casa amarilla de tres pisos. Una puerta roja y a la izquierda una ventana que abría hacia la calle. Empujó la puerta y subió las escaleras. Pasó por el segundo piso, sin saludar a la gata como lo hacía siempre. Sabía que era incorrecto detenerse porque algo la esperaba.

Corrió la cortina de la pieza. Estaba lleno de humo, el olor a incienso le entró por la nariz y el sabor a naranja jamás se lo pudo sacar de la mente ni de su boca. Al lado de la cama había tres velas consumidas a la mitad, aún prendidas, y por la cortina verde se colaba sutilmente la luz calurosa de la calle.

En la penumbra del cuarto se inclinó y comenzó a tocar a su amiga. Tomó con sus manos los pies fríos, subió hasta las rodillas y articuló las piernas morenas, levantó las caderas y volteó el cuerpo inerte. Recorrió, temblando, la espalda desnuda, el pecho frío pegado a las sábanas sucias. El cuello pegajoso, el rostro con un poco de maquillaje corrido, los ojos abiertos y el pelo perfetacmente peinado.

Jamás se le pasó por la mente la posibilidad de que ella no estuviera muerta. Lo sabía desde hace meses atrás, lo supo desde que salió de la casa y no lo dudó cuando pasó de largo por el segundo piso.

Se dirigió al baño y con una toalla limpió el cuerpo para que cuando lo encontraran nadie supiera que estuvo teniendo sexo hasta la muerte. Corrió las cortinas y dejó que el sol agobiante entrara. Se arrodilló sobre su amiga y le besó el corazón, con cuidado le sacó los guantes de látex rosado y llamó a la gata para llevársela.

Llegó a casa y entró al baño con la gata en brazos. Se puso los guantes y, con olor a ama muerta, mientras sonreía, estranguló al animal hasta dejarle sin aliento.

-Era una crueldad dejarte vivir sin el ser al que amabas.-

Enguajó sus manos plásticas y tiró el cadáver de la gata a una bolsa de basura.

Cuando la ví salir del baño el aire parecía más liviano que nunca.

La seguí hasta la pieza y, cuando cerró los ojos, el aire volvió a la normalidad

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