miércoles, 16 de diciembre de 2009

sin título I /2007/

Aún la puedo ver, sentada en el sillón rojo de cuero, con las piernas cruzadas y su tatuaje de la cruz invertida sobre la rodilla en el costado de su pierna izquierda. -Todo depende el ángulo en que lo mires, para mí es simplemente una cruz-. Sonreí, como solía hacerlo frente a todo lo que dijera, porque era inteligente, porque era ácida. Debo admitir que la odiaba. Odiaba sus ojos de vidrio, tan muertos, sin expresión, fríos, malditamente fríos. Su sonrisa irónica. La forma en que jugaba siempre con sus dedos cubiertos con ese látex rosado que formaba más parte de ella que su propia piel.

Un hálito denso, oscuro y putrefacto la rondaba, puedo verlo, puedo sentir su olor que me provocaba a vomitar, a agarrarle fuertemente los brazos, clavar mis uñas en su piel y arrastrarlas lentamente, sentirme arrancándole la piel, sintiéndola sangrar, sintiéndola apretar los dientes aguantándose el dolor por orgullo.

La única vez que ese hálito de muerte no la perseguía era cuando sacaba de debajo de su cama un estuche verde de 10x15 centímetros, que lo rodeaba un cierre que recorría tres de sus cuatro lados. Pero no era el estuche lo que lograba difuminar la neblina de su cuerpo, no, lo que tenía este efecto tan divino en ella eran el juego de jeringas y agujas que contenía el estuche verde.

Era todo un ritual. Todos los días, a las o3.33 am, se levantaba y sacaba el estuche envuelto en una bolsa de papel negra. Se erguía, poderosa y descalza, y caminaba hacia el patio de su casa; no importaba si lloviera o hiciera frío, sagradamente se hincaba y, con las rodillas en la tierra, agarraba en sus manos de látex rosadas la jeringa ganadora como un par de tenazas agarrando a un gusano para llevarlo hasta su boca, triturarlo y en su garganta hacerlo correr deshecho, pasar por sus intestinos vomitando de dolor y llegar al fin de esa vida para comenzar otra como mierda . La tomaba, la besaba, la observaba, la acariciaba, la lamía o la escupía dependiendo de su estado de ánimo. La introducía en sus venas con profundo placer, lanzaba gritos orgásmicos, pero la mayoría de las veces lloraba en silencio. ¡Cuántas veces la observé boquiabierta con sus ojos de vidrio resplandeciente llenos de lágrimas! Lucía tan frágil, parecía hecha de nieve y sal, pálida y cristalina, tan indefensa, tan débil, tan estúpida.

Algunas veces, cuando lloraba, me acercaba a ella y la golpeaba tan fuerte que incluso me dolía a mí. Jamás me respondió un golpe ni me devolvió la mirada, nunca una respuesta ni defensa de sus labios salió. Me hacía odiarla más. Y en cierta forma tenía razón en quedarse quieta, porque ella sabía que lo merecía y si no fuera por ese madito ritual que tenía, estoy segura que no estaría viva. Ella odiaba ser tan débil y yo la odiaba aun más, y este juego de agujas -según ella- le permitía sacar todas esas emociones nocivas para su sanidad mental. -Ves?- me dijo un día, levantando su rostro y mirándome tranquila- Esta es la forma en que me quito todo lo que no quiero en mi cuerpo. Es mucho mejor que una terapia con un sicólogo. Y sabes por qué es mejor? Porque esto lo hago yo- Sonrió y siguió jugando con sus dedos largos. Yo, sonreí, como siempre.

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