martes, 29 de diciembre de 2009

open wide

Ella entra a la habitación y está todo impecablemente limpio; un cómodo sillón, una lámpara, una mesa grande junto a la pared con la única ventana. Ella se sienta en una silla a esperar, tímida, desconfiada, no sabe qué le va a pasar.

Él entra casi arrogante, se siente seguro porque es su terreno, abre la puerta, se encuentra con los ojos de ella, de porcelana triste, le sonríe y la saluda con delicadeza.

Al rozar su mejilla, ella siente una sensación tibia y no puede evitar sonrojarse, ocultando su mirada bajo las largas pestañas. Él la mira con ternura, casi paternal, pero en su cara se reflejan sus ideas y es como si de un minuto a otro apagase el interruptor y la oscuridad consume su rostro. Él debe tener presente por qué está ella en esa habitación.

Él le dice a ella que se quite el abrigo y se siente en el sillón; la toma de un brazo para que ella se apure, él no tiene tiempo que perder. Bajo el pesado abrigo gris aparece ella, con una polera ajustada y prácticamente transparente, dejando poco a la imaginación de él. En el rostro de ella se enciende la vergüenza e incomodidad que se generan en el deber de estar parada ahí frente a él. Él, en cambio, disimula una sonrisa de satisfacción frente al pudor de ella, y entre el esfuerzo para disimular su intención más hace notar su impaciente respiración.

Frente a los ojos de ella quedan los de él, y en un acto más de sumisión que de amor ella permite ser recostada en el sillón, pone sus manitos tiernas una a cada lado de sus piernas y cierra los ojos esperando asustada el momento de la acción.

Él le dice que abra grande la boca y el dentista empieza su misión.

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