“Si pudiera, te mostraría mi cuerpo de lobo y tal vez los colmillos para ver si te asustas un poco.
Si quisiera, de verdad, empezaría a correr como animalito sin razón. Pero no quiero.
Si te viera, ahora, te regalaría un beso, de los que no se olvidan, pero sé que no te veré.
Si muriera, un poco antes, pediría que me trajeran un vaso con agua, para sacarme el gusto amargo de la vida en mi boca.
Si creyera, en dios, le rogaría para que me enseñara a vivir nuevamente.
Antes de morir, me dejaste muchos supuestos, muchas cosas inconclusas y también una que otra pudiste cambiar. Sé que no te vi escondido tras la puerta, sé que no vi un fantasma ni tu espíritu. Amor, sólo es mi mente que tiembla porque no te tengo junto a mí y creo que definitivamente mi vida la terminaré completamente loca.
También sé que esta carta no la leerás nunca, pero quiero pensar que sí lo harás y así sacar toda esta locura que guardo en mi cuerpo. Sólo quisiera uno de todos tus abrazos. Cuando tu cuerpo quedó reposando en la tierra, lo único que pedía era un beso tuyo, el último.
Y ahora me doy cuenta que las cosas más simples de la vida no las supe aprovechar, una canción, tu excesivo cariño, mi fe. Todo desapareció, porque vivía enojada con el mundo, porque pensaba que el mundo estaba enojado conmigo. Hoy me doy cuenta de eso, pero es muy tarde.
Te escribo esta carta, y es la última, no me permitiré más lágrimas, porque este sufrimiento sólo yo me lo busqué. Aquí botaré toda mi pena y todo mi amor. Si logré vivir llena de odio cuando vivías, tendré que hacer lo mismo ahora que no estás a mi lado.”
Dejó la carta a los pies de la tumba de su marido, se levantó temblando y caminó lento hasta que salió del cementerio. Atrás, su marido, la miraba nostálgico y terminó llorando cuando leyó la carta. En la noche, cuando ella rompió su promesa de no volver a llorar, su marido la abrazó, para que nunca más se sintiera sola
No hay comentarios:
Publicar un comentario