Nostalgia pingüina, racionalidad divina- repitió por última vez antes de caer al suelo. Se desmayó porque ya no tenía fuerzas para seguir con los ojos abiertos.
Antes de sentir deseos de desaparecer, había dejado al amor de su vida unas cuadras atrás. Luego que se rindió porque él jamás se volteó a mirar, trató de seguir adelante. Caminó unos pasos, con las piernas temblando. Miró hacia atrás, nada, él seguía caminando. Miró hacia el frente y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Sentía nostalgia, sentía un vacío que le llenaba el espacio que ocupa el corazón. En realidad el vacío le ocupaba el cuerpo entero. Se sentía como una niña, como una pingüina, dispuesta a darle la vuelta al mundo si su amor le pedía que lo encontrara.
Siguió caminando y con las piernas temblando. Con el corazón roto y los ojos llorando. Trató de mirar hacia adelante, levantar la vista y con la frente en alto. Pero no podía, el llanto le cerraba los ojos, la rabia le nublaba el pensamiento, la pena le desvanecía el corazón, y el odio le tiraba el cuerpo hacia abajo. En esas condiciones era difícil caminar entre la gente sin saber hacia dónde ir, teniendo que pensar cuando iba a mitad de calle si se cruza cuando el semáforo está en verde o rojo; y con el deseo oscuro, camuflado en la poca conciencia que le quedaba, de que ojalá se equivocara al cruzar y que un auto blanco la arrastrara mil metros, con los huesos astillados luego de la fricción con el cemento y con los intestinos colgando, luego de que se le vomitara el cuerpo.
Ya faltaba poco para llegar a la casa. En la esquina las cuatro luces pasaron de rojo a amarillo y luego a verde, todas simultáneamente, la hicieron sonreír porque siempre le gustó cómo se veían de lejos, todos los colores bailando al mismo compás.
-Nostalgia pingüina, racionalidad divina- repitió por última vez antes del desmayo. Lo repitió por última vez antes de desmayarse del dolor que le producía verse los huesos de las piernas astillados y todos los intestinos brillando con el reflejo de la luz de los cuatro semáforos. Lo repitió por última vez, acordándose de la nostalgia que sentía porque ya no tenía a su amor. Lo repitió sabiendo que la racionalidad divina era lo que la había iluminado, haciéndola entender que su vida no servía para nada ya. Lo repitió por última vez antes de partir y muy tarde, porque su amor ya había partido, buscando una mejor compañía.
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