Por qué -se pregunto mil veces dentro de su cabecita tonta- las personas siempre vinculan la lluvia con tristeza?
Primera vez que caminaba sola y mirando al suelo. Un antiguo amor, demasiado vivo tal vez, le enseñó a caminar sin altanería. Ese antiguo amor la hizo arrastrarse hasta que perdió las esperanzas de poder recuperarlo en un día no muy lejano. Ya por nada quería luchar.
Un rápido ademán y sintió su mano en el bolsillo buscando un cigarro. Tan rápido que ni siquiera lo notó. Levantó la vista y retrocedió frente al sol que incendiaba los edificios de la capital. De igual manera -y aunque odiaba fumar con calor- prendió el cigarro y entre las volutas de humo se le fueron los pensamientos tristes del amor que jamás murió.
Se paró firme en la acera. Demasiado ruda para caminar más liviano. Demasiado racional para no golpear a quien fuese a su lado. Miró a su alrededor y quiso, por un momento, desaparecer. El sol la quemaba. La piel le ardía. Buscó en los ojos de la gente, buscó en el cielo algo de la paz que nunca sintió. Y pensó que este día debería ser distinto, pero se rindió un par de minutos después, cuando recordó que los milagros no existen y de todo, nada cambiará en realidad.
Sintió miedo de perder las esperanzas añejas que guardaba. Sintió lástima de ella misma por ser tan ingenua. Sin embargo siguió caminando y en cada paso se hundía más y más en el suelo. Una guitarra que suena fuerte en sus oídos la insta a levantar la cabeza y caminar con fuerza otra vez. El miedo era más fuerte que toda la rabia y el despecho que sentía por el antiguo amor. El miedo la sumergía en horas y horas de tristeza ardiente. El miedo la hacía perder sus ojos verdes en el cemento, en las hojas de los árboles, en una persona, en el pasto, en las malditas risas.
Se sentía despreciable. Un estúpido parásito infantil y depresivo. Se sentía inútil, como un paraguas en este cuento de un día de sol. Siguió caminando, perdiéndose nuevamente en el humo del cigarro que golpeaba fuerte en su garganta. Sus ideas iban lejos, flotando más livianas que el espeso aire de un día de abril. Por un momento sonrió, la música le llenaba el cuerpo, y levantó los ojos otra vez. Tenía ahora que doblar a la izquierda. Las mismas calles, las mismas paredes, los mismos edificios, la misma gente. Todo solía verse tan desagradablemente brillante cuando hacía calor.
Volvió a bajar la vista. Un millón de recuerdos le trajo la monotonía a la mente. Recuerdos de cuando pensaba que era feliz. Simple estupidez de niña, simple inocencia del primer amor. Escondió en el cemento naranjo sus ojos tristes, escondió bajo una sonrisa falsa sus ojos llenos de lágrimas. Los saludos correspondientes. La misma amabilidad de siempre. Siguió su camino sin destino y cuando el cigarro empezó a terminarse sintió la presión de unos ojos grandes mirándola. Levantó la vista temblorosa, pensando que se encontraría con quien le rompió alguna vez el corazón. Se equivocó otra vez, ahí estaba él, con la sonrisa esquiva y sus ojos perdidos en los de ella. Ahí estaba él, bajo un árbol, y entre sus manos un paraguas inútil en este día de sol.
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