Abrió su carterita barata con flores naranjas y azules estampadas, y de ahí sacó suficiente maquillaje como para cubrirse la cara hasta después de muerta. Tomó un lápiz verde y delineó, no sin exageración, sus ojos cansados luego del trasnoche. Tomó entre sus dedos largos unas pinzas medio oxidadas y quitó una que otra ceja cercana a sus párpados de zorra vieja, que estaban caídos de tanto llorar penas de amor.
Se detuvo un momento, se miró en el espejo de cuerpo entero, sentada ella en una silla blanca y a sus espaldas un hombre cubierto con mal empeño por las sábanas que más amarillas que blancas eran ya. Las cortinas rojas, pobres y desteñidas del motel cumplían su función colando con poco esfuerzo el sol de una mañana de Septiembre. Se miró otra vez en el espejo y prefirió no seguir mirándose, no era del todo agradable. Encendió un cigarro y continuó con su ritual mientras fumaba.
Se pintó los labios, un poco arrugados por la edad, de un rojo parecido al de las cortinas y en realidad no le preocupó que el verde maquillaje de sus ojos no combinara en absoluto con el rojo de sus labios. Estaba demasiado cansada y vieja para preocuparse por tonteras de chiquilla. Al fin y al cabo, lo único que buscaban sus amores de una noche era un orificio al que se pudiera penetrar.
Tomó el rubor y trató de darle un poco de color a las mejillas morenas. Sinceramente, no sabía por qué razón se estaba maquillando, y llegó a la conclusión de que lo hacía simplemente por costumbre. María -dijo para sí misma- cada día estás más enferma, deberías dejar de fumar. Deberías buscar un trabajo que no exija tanto de ti fisícamente, busca trabajo en un bar, limpiando mesas, botando colillas de cigarro y barriendo las cenizas, qué sé yo..
Se levantó de la silla blanca y por la mente se le cruzó una idea. Salió corriendo fuera de la pieza del motel y se inclinó vestida a medias en el mesón de la recepción.
-Mariano!- llamó con el cigarro prendido en los labios- Mariano! Préstame rápido la cámara! Necesito tomar un par de fotos!
-Esperame, ya te la traigo- le dijo Mariano, mirandola confundido. Volvió Mariano, con la cámara entre las manos gordas y con las uñas comidas.
Ella salió corriendo escaleras arriba y abrió la puerta de la pieza. Se convenció una vez más que el fin justifica los medios y el chantaje no es tan malo cuando se dice la verdad.
Se desvistió y se acostó junto al hombre de la cama. Una, dos, tres y cuatro fotos eran suficiente para tener pruebas confiables. Se volvió a vestir y salió corriendo nuevamente de la pieza, con su carterita barata en un brazo y la cámara de Mariano en el otro.
Se despidió de Mariano, prometiéndole que le devolvería lo más pronto posible su cámara. Salió del motel y miró a la pieza donde había pasado la noche. Pasó una mano por su cara y pensó que en cuanto llegara a su casa se tendría que afeitar. Sonrió con los ojos brillantes y gritó en medio de la calle "Quién iba a pensar que el alcalde es maricón!"
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