martes, 29 de diciembre de 2009

pestañas verdes /2007/

Tenías las pestañas verdes y recuerdo que en ese mismo segundo me enamoré de ti. Te perseguí mientras paseabas a tus peces dorados dentro de una pecera polarizada y sonreías bajo el sol de septiembre.

Te miré de pies a cabeza por más de hora y media. Tus pantalones negros, tus zapatillas sin cordones, tu polera sin mangas y tu pelo largo. Tus brazos pálidos y la musica pegada a tu lengua.

Prendí un cigarro mientras tu dabas vueltas y vueltas alrededor de la misma calle. Seguramente pensabas que los peces se iban a tranquilizar y por fin te iban a dejar dormir esta noche. El murmuro incesante de sus burbujas oxigenadas te molestaba y te hacía tener pesadillas, lo sé.

Y fue entonces, luego de leer tus pensamientos, que se me ocurrió hacerte una propuesta poco decente. Apagué el cigarro en mi mano derecha y te comencé a perseguir mientras tu dabas vueltas y más vueltas.

Te toqué el hombro, tu estabas de espalda. Y cuando me miraste con tus pestañas verdes sentí que mi pelo se desteñía como la noche en un amancer. Te miré a los ojos, y traté de ver a través de ellos, para saber qué más escondías y fue una lástima encontrarme con tu alma vacía.

Te dije que dejaras de sufrir por los peces dorados, déjamelos a mi, yo me encargo. Me miraste con cara de espanto, me preguntaste qué les iba a hacer. Te dije que me los comería vivos un domingo de noche fría. Sonreiste con simpatía y en tu boca me perdí.

Te alejaste con los ojos cerrados, porque querías que dejara de besarte sin dejar de darte un beso y me pediste que primero me comiera los peces y luego que pensara en cómo de amor volarte los sesos.

Llegó el día domingo de noche fría y en la misma noche a primera hora me comí los peces dorados de escamas podridas. Pensé que era capaz de hacer todo por ti y todo por ti sabría que sería capaz de hacer.

Sonreí mientras me tragaba un pez tras otro, hasta que me convencí de que te amaba. Y esa misma noche llegué hasta tu cama y en tu cama de príncipe con sábanas rosadas hicimos el amor.

Te besé hasta que se me agotaron las ideas y te enamoré hasta que mi corazón se durmió. Te entregué lo mejor de mi, en tu cama de sábanas rosadas y en ellas me dormí hasta la vida siguiente.

Ahora que soy pez de escamas podridas, espero morir dentro de una boca enamorada. Me quiero confundir con la saliva ansiosa de un deseo que no muere. Y encontrarte en otra muerte con tus pestañas verdes.

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