martes, 29 de diciembre de 2009

septiembre /2007/

Se sacó la chaqueta. Se sentó. Se paró. Corrió la cortina y miró hacia afuera; viento. Salió de la casa, sin la chaqueta. En el bolsillo los cigarros, en la mano el encendedor.

Caminó bajo el cielo nublado de un día sin sol. Estaba inquieto. Miró hacia arriba y bajó la vista, la luz invisible reflejaba todo su resplandor en las nubes.

El cigarro entre los labios. Aún no sabía si prenderlo o esperar un rato más. Se sentó en el suelo a decidir. Corría más viento y las hojas de un cerezo le llegaron a los pies.

Se miró las manos, estaba más viejo. Encendió el cigarro, comenzó a fumar. Se levantó del suelo, pero no sabía hacia dónde caminar. Miró a la izquierda, nada ni nadie.

Metió las manos en los bolsillos. Nada más que los cigarros. Ni una moneda ni las llaves. Se devolvió hasta la casa y abrió la puerta por la ventana.

Adentro la música sonaba despacio y en la pared una foto de un paseo al campo. La mesa del comedor redonda y encima una botella que alguna vez se ahogó en cerveza.

Salió de la casa con las llaves en la mano. Se despidió del perro. Arrastró los bototos negros hasta la esquina más cercana y pensó en dónde podía comprar marihuana.

Caminó inconcientemente y en el celular buscó mi número. Marcó, llamó y por acá mi celular sonó. Contesté, era él. Mientras tanto él apagaba la colilla del cigarro.

Vamos caminando y él me pregunta cómo estoy. Le digo que bien, al menos viva. Me dice que vayamos a tal lugar a comprar hierba. Más que acompañarlo, yo lo sigo.

Me ofrece un cigarro, con la única condición de que la primera mitad la fume yo, es mucho un cigarro completo para él. 7 minutos de felicidad compartida, sonrío yo.

Cuando está bien stoned me da un beso, yo ni siquiera le pregunto por qué. Ya me acostumbré a su incoherente espontaneidad.

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