martes, 29 de diciembre de 2009

xxx

Fue como una estrella fugaz desapercibida en el cielo, sin función… sin principio ni fin.

Fue como llanto derramado en el mar, que ya no sabía si se ahogaba con el agua, o sus propias lágrimas. Fue música para un sordo y la luz para un ciego.

 

Todos los esfuerzos eran inútiles. Mientras ella leía con calma un libro y sus ojos se deslizaban entre las palabras, él la contemplaba desde lejos como en un sueño. Y para él, ella era una alucinación, un astro luminoso caído desde el cielo. Un ángel sin alas, con el pecado del deseo concebido en la flor de sus labios, en sus manos, en su piel. Cada vez que sus dedos se resbalaban por las hojas del libro para voltearlas, era un espasmo, una explosión de sentimientos, anhelando ser papel de una vez por todas y para siempre.

 

No podía dejar de observarla. Los ojos humedecidos por la sensibilidad de las palabras, su sonrisa fresca reflejando el buen humor, el pecho agitado por las ansias de leer más, de devorarse el libro, así como él la abrazaría a ella hasta el momento culmine en el que dos cuerpos se convierten en uno. Aún a varios metros de distancia podía percibir su olor a primavera, despertando a la vida con el sol reflejándose en su cara parece que lo enceguecía.

 

En un rápido ademán -que él casi no distinguió- ella se levantó del suelo sin hacer mayor fuerza. Ascendencia celestial, estaba completamente seguro. Sin embargo, ella, todo su cuerpo, toda su esencia estaba envuelta por un hálito terrenal, que no terminaba de ser una mezcla perfecta entre lo sublime y lo indecoroso. La combinación justa para obligarlo a desearla y venerarla a la vez. Toda su vida se redujo al instante en que la vio.

 

Ella caminaba rápido, flotando en el espacio, sin tropezar con la gente que le trataba de cerrar el paso. Él, en cambio, parecía maldito por la gravedad, los pies le pesaban, tiraba todo su cuerpo, casi arrastrándose para intentar alcanzarla, aunque fuese un segundo… poder rozar su piel, absorber su aroma evitando perder la cordura luego de tanto placer.

 

Le fue imposible, fueron demasiado fuertes sus anhelos para darse cuenta de que en realidad ella ya estaba subiendo al cielo cuando él comenzaba a levantar un pie para apoyarse en el otro. La vio desde lejos, la observó sin temor de morir ahí mismo por la desolación y la miseria de la soledad. La vio desde lejos partir, sola, sonriéndole al aire, sin pensar que él la miraba desde lejos, entendiendo por fin que jamás podría caminar a su lado, que jamás la podría venerar, que jamás tendría entre sus manos ese olor a primavera que despertaba con el sol.

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