miércoles, 16 de diciembre de 2009

sin título IV /2007/

Y la guitarra de Mr. ………, la suave y melodiosa guitarra, hoy sonaba más fuerte que nunca, allá en un rincón lejano de la casa.

Mientras tanto yo la miraba desde un ángulo oscuro. Él prendió un cigarro y acercó sus manos sucias a los labios de ella. Entreabrió la boca y dejó que todo el cigarro le besara la boca. Sentí el sabor del humo comiéndome los pulmones, tragándome los celos cuando ella lo miraba con una sonrisa de anhelos reprimidos.

Me quería ir. No me sentía capaz de mirar. Me mataba. Me hacía perder el control.

Con mis manos descontroladamente temblorosas, los miré con rabia, cuando el le sacó el vestido. Con una imaginación desbordante sentí que le quería robar el corazón, con sus dedos oscuros trataba de llegar hasta lo más profundo de sus latidos, para cambiar el ritmo de su cuerpo. Ella quieta, sólo se sonreía de las pasiones prohibidas.

Si sus besos eran míos, no entendía cómo ahora lo dejaba besarla.

En un momento la música paró. Mi rostro se congeló, porque la canción había terminado. Esperé unos segundos y cuando el ritmo retomó su camino mi martirio continuó sin destino.

Se fueron a la cama. La cama de sábanas rojas. La cama que le daba techo a las jeringas deprimidas. La pieza con cortinas negras. Las paredes de sangre fría, que tantas veces me vieron llorar sola y en silencio entre la ropa con su olor. Maldije esa hora y media sólo como yo sabía maldecir. Lo oí riéndose, lo oí saciándose de placer. Me imaginé su rostro, su piel, su asqueroso olor a mierda de caballo, el color de su pelo tan claro como un amanecer y sus ojos de agua pura. Lo odié porque me quitaba por un segundo todo lo que más amaba. La odié porque prefirió un segundo de placer.

Me paré del suelo. Sacudí mis piernas llenas de tierra y sonreí. Sonreí porque sabía que todo sólo se traducía a un segundo de sexo, que todos sabíamos, era un segundo bastardo y nada más.

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